Al borde occidental de la esplendida Sierra Nevada de Santa Marta se resguarda la vida. La existencia que converge en un peculiar patrón de asentamiento típico de piedemonte, donde los valles del río Cesar y sus quebradas refugian los suspiros humanos, allí se encuentra el verdadero inicio de la elevación pronunciada de occidente de la sierra.

Ahí donde se vislumbra el amanecer desde el Este hasta el Noroeste, donde los rayos solares de forma dramática, por las fragmentaciones propias de la topografía del macizo que cubre a tres departamentos del Caribe colombiano, posibilita la vida de aquellos seres que reflejan en sus ojos la predominancia del sentimiento. Ahí y sólo ahí donde el sol se pone por el Oeste hasta el Suroeste, las melodías del acordeón adornan los versos de aquellos que comprenden que sentir es un movimiento circular, constante y eterno.
Y sí, allí donde los ríos San Francisco y Santo Tomás se abrazan cual amantes, emerge la nobleza de aquellos seres que comprenden que la vida no es más que una sola vez, y que por eso no es preferible respirar por los pesares y las incertidumbres del futuro, sino más bien abrazar el placer que genera el presente de nuestro tiempo en vida.

Podría tratarse de un lugar hecho para que el olvido se halle presente en las memorias de aquellos que vieron expresar un suspiro en ese territorio, pero la cuestión es que esa tierra engalanada por los cercos naturales de la sierra, no sabe más que abrir las puertas de la sensibilidad humana. Es un lugar para expresar las vulnerabilidades de la vida, para reafirmar el por qué se está vivo. Un espacio donde la oportunidad de suspirar y continuar a pesar de los embates es posible.
Sí, es esto lo que caracteriza La Junta, un lugar donde la noción humanidad se revela en el tiempo que se comparte con el otro; donde las chanzas, las vivencias y el amor por la vida del otro se manifiesta al compás de los vientos que circundan alrededor de la sierra. Es lo espontaneo del transcurrir de las vivencias, lo que dota de significado las historias de vida de aquellos que no dimensionan la muerte como un fin, sino como un ciclo connatural a la existencia.

A pesar de la anterior conciencia, solo los recuerdos que van a la memoria justifican el hecho de seguir vivos. He ahí la cura para aquella realidad tosca que imposibilita con el miedo las experiencias de vida, el recuerdo. Aquí y solo aquí la vida en su trasegar por la historia misma, se carga de humanidad en su forma más primitiva. Pues la compasión, la compañía, la dignidad, el presente y la felicidad se enarbolan como estandartes comunes para la todo el mundo. El verdadero bastión de la sensibilidad humana se encuentra en los callejones y rinconcitos de la tierra natal del Cacique.

Escrito en octubre del 2025